Una prosa seca
Uno escribe lo que no encuentra otra parte para completar una visión del mundo. En estos días, hay muchos y merecidos homenajes al periodista Jorge Lanata (también un par de elocuentes silencios). No los leí todos, pero vi desfilar una enumeración de cualidades ciertas (coraje, generosidad, olfato periodístico, e incluso su irreverencia con el dedo mayor en alto). Son todas ciertas, pero creo que lo que sedujo a muchos en su momento (en la secundaria me llamaban Página/12 porque iba siembre con el diario bajo el brazo) era algo que no vi destacado, y por eso trato de definirlo acá. Y es algo que también me resultó central en otros profesionales de la escritura, por citar a una persona que también se acaba de morir, Beatriz Sarlo, o, para un caso de la ficción, Fogwill.
Hay algo que durante mucho tiempo ha distinguido al escritor y al ensayista argentino que es su erudición enciclopédica. El francés, por ejemplo, suele tener un conocimiento del riquísimo patrimonio literario nacional, un poco de filosofía alemana y estar familiarizado, pero de lejos, con otros clásicos universales. El escritor y el periodista estadounidense se da el lujo de ni aventurarse fuera de la lengua inglesa, e incluso ni siquiera a aspirar a ser considerado un “intelectual”. El contraejemplo argentino son entre otros Borges o Cortázar autores-monstruo que asumían como propia toda la tradición universal; nada les era ajeno. Quienes quisieron escribir después de ellos sin poder ignorarlos, debieron abrirse su propio camino entre esos colosos. No porque pretendiesen poder ponerse a su altura, simplemente porque para cualquiera que viniera después la sombra era demasiado grande.
Lanata empieza a brillar en los 80, con el fin la violencia política de la década anterior permitiendo el oxígeno democrático y un entorno estético marcado por el post-punk y el frenesí del destape de sexo, drogas y new wave versión Río de la Plata. Era un corte con la anquilosada épica de la derrotada revolución setentista y con una sórdida dictadura de represión y de reprimida mojigatería. El desafío para Lanata y sus contemporáneos fue lidiar también con ese pesado bagaje en medio de los nuevos aires para hallar una voz singular.
Lanata retoma la tradición del periodista con ambiciones literarias que trabaja con el material de la noticia. Funda un diario “sobreescrito”, es decir escrito para gente que es consciente del ejercicio de la elección estética de unas palabras que no sólo designan objetos, sino que los recortan y organizan deliberadamente para producir un efecto que va más allá de lo informativo, que busca restituir una realidad que debe narrarse con recursos literarios sin resulte pretencioso. Su desafío literario, como a sus contemporáneos, consistía en echar mano a su saber libresco pero sin sonar snob. Si no, hubiera sido un Mariano Grondona bis, sonando afectado y pedante en medio de una contracultura de transgresión que vomitaba cualquier solemnidad. Era la época en que decir malas palabras en un medio, como Pergolini y sus secuaces en la Rock and Pop, era una forma adolescente de afirmarse en un sistema que luchaba por emanciparse del acartonamiento del control de la palabra que había impuesto la dictadura. Lanata buscó al mismo tiempo, como cualquier autodidacta bulímico, utilizar la cultura adquirida (en especial la literatura norteamericana de la segunda mitad del Siglo XX) con tono transgresor de la modernidad irreverente. Como otros contemporáneos, Sarlo, pero también Lamborghini a su manera, quería poder utilizar todas sus referencias cultas pero sin pecar de snob, y, en lo posible, llegar a lo popular sin sacrificar el corazón del mensaje que buscaban transmitir. Igual el autor de Muchacha Punk. El peor de los pecados era resultar un tilingo. Creo que esa fue la fórmula exitosa de Lanata y de otros: una prosa seca, sin adornos, que combinara “calle” con biblioteca, “canchera” y nerd sin que se notara.
Lanata ciertamente ocupó un lugar central, primero durante el menemismo y luego con el kirchnerismo, cuando el periodismo adoptó el trabajo de la Justicia para poner en evidencia la corrupción a gran escala. Una suerte de vengador de una sociedad acostumbrada a no esperar ya nada de sus jueces. Pero si fue terriblemente eficaz e importante contra el kirchnerismo, fue porque supo no sólo mostrar el saqueo, sino arremeter contra la hegemonía cultural kirchnerista, desmontando, para el goce de su audiencia, la máquina de relatos K a través de las herramientas narrativas que él había afilado durante décadas.
El desafiante “Fuck You!” no era un fácil insulto desafiante, sino el punto de exclamación de toda la narración previa que domesticó para que su pluma y sus monólogos en los medios tuvieran una precisión que combinaran saber, saber decir y saber llegar a esa entelequia llamada pueblo
.




Gran nota. La mención a Fogwill no es menor. Recordemos que ejerció el periodismo (aunque no creo que le gustara esta frase) en varios medios y siempre tenía una posición que iba a contramano del mundo. Fundamentalmente en los 80s con la vuelta de la democracia y hacia el final de su carrera cuando “publicaba en Perfil” (no pocas veces dijo que él no trabajaba para Perfil).